Cuando
lo último que falta para completar un día aparentemente normal es
compartir todo lo que no lo es con alguien, siempre encuentro a la
compañera perfecta de viaje. Y también de secretos inconfesables
para el resto: La música. Esa que es capaz de hablarme hasta cuando
no la escucho. Los viajes en compañía saben de otra forma, sobre
todo cuando esa compañía se emociona con cosas parecidas a las que
te emocionan a ti. Porque, ¿de viajes nunca habíamos hablado, no?
De viajes. Como el que propone quien está lejos, al otro lado del
espejo. Como el que brindas tú, que estás cerca. Tú, que te
desdoblas en tantos trozos de papel que al final se rompen. Tú, que
siempre conservas intacto uno de ellos. La nota precisa en el único
fragmento que ha sobrevivido. Porque
de fragmentos se hace la vida. Trocito a trocito
se construye. Los
que se rompen lo hacen porque ya te han enseñado bastante, porque ya
no sirven más. Al escribirlos te vacían y al romperse te puedes
volver a llenar. Nunca guardo recuerdos de viajes. A pesar de mi mala
memoria los intento llevar conmigo. Como dijo alguien algún día. El
recuerdo como se lleva la carga que pesa pero alivia.Se hace notar. Intuirla te asegura. O la memoria, que es más que recuerdos deshechos. Las migajas de lo que fue una noche de blues contigo son como mi alma, mis manos y los recuerdos de esos fragmentos y viajes, del polvo del camino y del agua que moja mis días. ¿Qué sería de nosotros sin un alma que llenar y sin esos viajes preciosos que tembién se hacen sin moverse del sofá? ¿Qué sería la vida viéndote reir y no riéndola contigo? No la imagino sin una canción entre tú y yo. No te imagino sin la melodía que un día pudo crear el mundo, ni imagino volar porque no existiría el viento. El mismo viento que me trae lo que me falta para completar un día aparentemente normal.
Una publicación de Marga y Jose Martínez en colaboración.
