
Hay hombres que son apenas nombres, nombres en una sola lista y que forman parte de la gran familia que definiera Sabina, de la estufa los gatos y la tele en color, pero hay otros que pasan por la vida dejando una estela que crece con el paso del tiempo. Hay hombres mujeres que tratan la música como un hijo mimado, que abrasan almas solo con su presencia o simplemente con saber que existen, que no son de plástico, que esos sones, esas notas breves que unos segundos antes de ser creadas ya calan hasta lo más profundo como un aguacero después de grandes nubarrones.
Y hay muchos nombres así, tantos que se necesitaría mucha tinta y papel. Papel, como el que lanza a mil artistas al día al cielo de la fama sin ni siquiera haber intendado escribir un acorde. En la primera entrega dedicada a los poetas malditos del rock hablábamos de Jim Morrison. También hay uno, otro más que con solo saber que un dia existió, que muchos pudieros ir a verle tocar y cantar en directo aunque la máquina publicitaria no fue tan benévola con él, ni entonces ni ahora, son suficientes para la fibra del espectador. Ian Curtis, Joy Division, el punk sufre y aparece Joy Division, aparece, nace Ian, otra leyenda hecha bajo el eterno lema "vive rápido, muere joven y deja tras de ti un hermoso cadáver", de la que se ha nutrido el arte y se seguirá nutriendo.
Y hay muchos nombres así, tantos que se necesitaría mucha tinta y papel. Papel, como el que lanza a mil artistas al día al cielo de la fama sin ni siquiera haber intendado escribir un acorde. En la primera entrega dedicada a los poetas malditos del rock hablábamos de Jim Morrison. También hay uno, otro más que con solo saber que un dia existió, que muchos pudieros ir a verle tocar y cantar en directo aunque la máquina publicitaria no fue tan benévola con él, ni entonces ni ahora, son suficientes para la fibra del espectador. Ian Curtis, Joy Division, el punk sufre y aparece Joy Division, aparece, nace Ian, otra leyenda hecha bajo el eterno lema "vive rápido, muere joven y deja tras de ti un hermoso cadáver", de la que se ha nutrido el arte y se seguirá nutriendo.
A través de un universo, de una galaxia entre gris oscuro y negra, Curtis aportó a la banda esa trascendencia que vuelve a todo uno, que vuelve a las cosas únicas. Pero no solo su espiritu se quedó en Joy Division, penetró en tandas bandas y lo sigue haciendo que se podría hablar de una forma de elevar la música, el rock, hasta sentir casi la necesidad de ponerle su nombre. Potencia pura en su época. Un hijo de la clase trabajadora, de tantísimos parias que ha dado la vida, de Manchester, pura industria inglesa. Parte previa e integrante de un sistema que, lo mismo que ahora, asolaba familias enteras, de una sociedad breve y ansiosa, una ola de miseria que pasa pero que deja en el camino muchos muertos, físicos y del alma. Fue padre a los 22 años y se ganaba la vida compartiendo trabajo y sueños. Poesía y rock eran los que ocupaban su universo onírico. Terribles circunstancias par vivirlas en un puesto de trabajo que quizá pudo haber sido el más injusto en época en la que el desempleo causaba más estragos que el mismo hambre. Ahí conoció la enfermedad, el mál físico que provoca el colmo de las situaciones anómalas. Hasta que la epilepsia entró a formar parte cual prolongación de su existencia. El miedo, la propia culpa, y quizá un sinfin de condiciones que simplemente terminaron siendo escusas. No tiene nombre verle, y sentir como la sociedad joven de la época a la que le faltaban las fuerzas y las ganas incluso para parapetarse tras la trinchera del punk volvía a resucitar viejas pero reales energías. Alto, con la tez extremadamente blanca, ojos blillantes como a punto de lágrima, una epilepsia teatral en sus movimientos, y con una de llevar el show hacia lo extremo que no parecía humano. La creencia de que el mundo está más lejos de lo que uno cree, poder y saber plasmar esa conciencia en un papel, y saber recitarlo, musitarlo, cantarlo, no es sino un síntoma más, una excusa quizá sobrenida para lanzarse al infierno.
Dueño de su vida, y por completo espectador de un combate en el que él mismo era campeón y aspirante, allí mismo, en la lona de su entorno poético y musical, se acabó. Nunca supimos quién salió victorioso, quizá la lucha aún no haya acabado, pero lo que cada vez más claro tenemos más mortales es que pronunciar su nombre es volver a esa atmósfera fantasmagóriga de cuerpos con carne a los que los huesos conducen hacia la poesía, el rock.
18 de Mayo de 1980, Ian se va para no volver llevándose debajo del brazo el último disco de Iggy Pop.