Las ideas para escribir cualquier cosa no surgen de la nada, ni siquiera las inventan escritores, periodistas o iluminados en general. Las ideas están en la calle, en el bar de al lado, en el cine o en el parque en una tarde de conversación. Al fin y al cabo los artículos los termina escribiendo la gente que te rodea y con la que te vas encontrando todos los días. Es así como escribo lo que publico en la revista. Como es así el artículo de hoy. Escucho con atención una conversación que mantiene un grupo de gente que toman una copa al lado mío. El tema de la charla es la injusticia en el mundo de la música, y más en concreto los abusos de las grandes multinacionales y la discriminación a la que se somete al pequeño músico, que no pequeño precisamente en creatividad y en conocimientos, si no en lo que toca a tener coartadas las posibilidades de expandir su música en este caso. Conceptos de moda hay por doquier cada vez que uno sale a la calle, lee un periódico o abre cualquier red social.Y eso de reinventarse está de moda, sobre todo ahora, en un tiempo en que parece que los individualismos, emprender, crear empresas, es lo único válido para no aparecer en las listas del paro. Reinventarse, sí, pero si lo hacemos todos y jugamos todos con las mismas cartas, la partida tendrá un justo ganador. Pero esto no es así, porque mientras asociaciones de artistas, de músicos y sellos pequeños y localizados se apuntan al carro de salir del estereotipo clásico del modelo de comercialización a nivel supranacional, en busca de nuevos estilos y de dotar de otra concepción de todo, la gran urbe de la comercialización masiva sigue a lo suyo, explotando caras bonitas, carreras fugaces e impidiendo que la creatividad y que los músicos y esta familia en general que es la que, como la pequeña empresa, mantiene vivo el espíritu de la música cercana, puedan dar ese paso más que les permita sacar un poco la cabeza y mostrar que otro tipo de cultura también es posible. Es una verdad como un templo que ha variado la forma de consumir música, sí, pero hay muchísima gente, mucha más que la que se promociona hasta en la sopa, que ni siquiera tiene la posibilidad de agarrarse a ese carro de esa otra forma de vender para que se consuma, aunque se de forma diferente. Ejemplos se pueden poner muchísimos por cada vez que se lee a cerca de un tema, en este caso la diferencia de trato hacia unas discográficas u otras más pequeñas y hacia los autores, a los que se relega a la faena de desvivirse por enseñar su musica y a los que desde la cama ven como crecen sus ingresos sin tener que mover ni siquiera un dedo. Por destacar alguno me quedo con algo que llegó a mis manos hace unos meses. Lo que quiero contaros va de como, abriendo la ventana a otra forma de consumir arte, el terreno de la música de calidad que fue grabada en su día y que transcurrida una cantidad de años considerables, cincuenta, si no recuerdo mal, pasa a ser de dominio público, lo que quiere decir, que habría acceso a material de jazz, blues, rock que en su época no se vendió porque las compañías no consideraron oportuno hacerlo, de forma gratuita desde cualquier plataforma a través de internet. Pues ahora, hace poco tiempo esas mismas multinacionales rescatan esos productos y antes de que se puedan disfrutar de esa forma, productos que ya formaban parte de la basura del olvido, los recogen, los meten en una cajita brillante, les vuelven a poner el copyright, y ellas que pueden vuelven a destrozar el mercado, a limitar su venta, su exhibición. Al fin y al cabo, al os dejo con la miel en los labios y al jódete que vas a pagar y además con la complacencia de la mayoría de los gobiernos de la cultura del mundo, y nosotros, el viejo continente, no ibamos a ser menos. Pero ni la cantera de músicos se agota tan pronto, ni las ganas de escuchar a un precio razonable desaparece. La tradición musical no es tan fácil que desaparezca. Los sellos pequeños, los estudios casi caseros que cada día ofrecen material más parecido, casi intangible, a lo que sale de los grandes laboratorios, siguen ahí, recibiendo amigos en casa. Y algún día, si se resuelve todo este embrollo legal que rodea a la música y que hace de toda ella una generalización injusta para la mayoría de los músicos que yo conozco, se podrá decir que aunque sigamos en manos de los mismos será algo menos injusto. Que la sudor de muchos dejará de ser tan barata y el descanso de otros dejará de producir cifras tan escandalosas.