viernes, 7 de febrero de 2014

Carta a los músicos que tengo más cerca.


Ando dándole vueltas todo el día a cómo dirigirme a vosotros y lo mejor que se me ha ocurrido es dedicaros una epístola, una carta, una oda, un gracias enorme de forma digital pero que lleva la esencia de una vieja pluma, un tintero y cualquier papel. 
Queridos con locura músicos. La presente es para comunicar, y corro el riesgo de dejar detalles en el corazón, el agradecimiento que no muestran muchos y que muestran todos. Como un aforismo: el sí, el no, el principio, desarrollo y final de una historia en cuatro frases, en un texto pequeño, como avioncitos de cartón, como soldaditos de plomo y como principitos encerrados en un elefante que se esconde dentro de un sombrero. 

El agradecimiento por existir, por elevar la música a un estado en que todo se ve de forma simple, en el que las gotas de sudor en una sala pequeña forman parte permanente del espectáculo. La octava nota, la cercanía, y el derecho a ser llamados mejores pinceles que cuantos dibujan la falsa burbuja de los versos en posters. A vosotros músicos murcianos, andaluces, vascos, catalanes, madrileños, extremeños, manchegos, valencianos, gallegos, y dejándome sitios donde viajar, va mi tinta esta noche. Sí. Porque desde la cercanía del rock que vemos y sentimos a nuestro lado como soplando en la nuca comprobamos que existe, que es de verdad y no solo parte de un universo casi vacío que forman las grandes empresas y la agresividad de los medios de masas. Gracias al blues de la escalera, a las notas de una noche de jazz a la puerta de la esquina, a la banda de metal que conecta con sus hermanos y les propone un simple acompañamiento, a los grupos de rock a los que no duelen prendas de rendirse a los mejores y de tocar como los mismísimos diablos en el cielo. Melodías inventadas en el garage de la gratitud, y a menudo escupidas con fuerza ante todo lo opuesto, ante todo lo injusto. Valga este artículo vacío de música que amansa a las fieras por esa que las hace sacar su instinto natural. Valgan nombres como Skullmanía, Mind Driller, La Jauría del Vicio, Quid Ais, Grito de Rabia, Alien Z, Distrito Bohemia, el Koño de la Bernarda, Necroberus, Quelonio, Sara Jazz, Chema Espejo y Amigos, Santi Campillo, David Eme, Carlos Vudú, Los Makarras, y tantos y tantos más a los que rindo mi más sentido homenaje, para poner el botón a la muestra de lo sencillo y a su vez tan subversivo y potente que te puede levantar del sillón y hacer que cuando vuelvas a casa sientas que el lugar es extraño. Valgan los riffs, los gritos, los punteos, los golpes de bajo, las mil y una baketas destrozadas a base de golpear bombos a ritmo de sangre. Valga toda esa gente para la que el local de ensayo es su primera casa aun siendo la música el anhelo de vivir de lo que le gusta. Valga la buena gente que derrocha cultura en las mil esquinas de este planeta, esa que regala versos, esa que te desea descanso al final de una dura noche como si fuera tu propia madre. Valga, y quiero que valga, esta publicación en forma de carta para que mi deseo de que un día todo sea más justo no se quede solo en eso. Para que deje de ser una odisea grabar un disco, para que los pequeños estudios de grabación se vean como todo lo grandes que son. Valgan los directos de mis bandas y mis músicos vecinos. Valga el resumen de todo esto que no es sino una forma más de acabar esta carta justo como la empezé. Dando las gracias por compartir y enseñar lo que tenemos que no es sino ganas de decir que la música de verdad, la cercana, existe aún con más seguridad que la que a penas podemos llegar por lejos que nos la ponen.