lunes, 24 de febrero de 2014

Poetas malditos del Rock III. Robert Johnson, solo 29 canciones.

La forma de dejar el mundo de cada uno de los pertenecientes a este selecto club de los 27, el club de los poetas malditos del rock, fue parecida en casi todos los casos. En este, en el de "El Rey del Delta Blues" se confirman unos extremos mientras otros no están del todo claros. La versión que más se adapta a la idea de llevar al celuloide cualquier vida de cualquier persona es la más rosa, la que más morbo cuenta y, al fin y al cabo, la más cercana a lo que pudo no ser. Cuentan que Robert murió envenenado con whisky a manos de un marido celoso, el propietario de un bar donde él actuaba con frecuencia, motivo ya sobrado para deformar su vida y toda su carrera a través del cine. De él se sabe y parece que ya se sabrá más bien poco. Musicalmente sí. Que fue un virtuoso de la guitarra, un compositor prolífico en lo poco que duró su tiempo y todo un maestro del blues con una propuesta diferente a las demás. Dejó un repertorio de solo 29 canciones,
pero 29 joyas difíciles de repetir, y una vida tan enigmática que no son precisamente pocas las leyendas que se han construido alrededor de su figura. Está considerado como el "Abuelo del Rock and Roll". No está demás ese sobrenombre porque a finales de la década de los años veinte y principios de los treinta no era normal su forma de hacer sonar la guitara, ni las letras, ni la forma de transformarlas en piezas únicas, ni mucho menos el hecho de ser ni siquiera parecidas a nada que se hubiese escuchado hasta ese momento. Influencia a músicos como Johny Winter, Jimi Hendrix, Led Zeppelin, The White Stripes, Neil Young o Eric Clapton. Fue el mismo Eric quien de forma más nítida dejó caer lo siguiente: "Es el más importante músico de Blues que haya vivido". Puesto número cinco en la revista Rolling Stone en la lista de los cien mejores guitarristas de la historia. Otros de los que opinan afirman que murió de neumonía, alguno más que gue de sífilis, pero entre la poca información que se tiene de él y la poca importancia histórica que se le concede al que no trasciende el mínimo imprescindible, aunque su extrema calidad esté fuera de toda duda, moriremos todos sin saber ese final, o con la libertad que nos concede la ignorancia de escribirlo cada uno de nosotros. Una afirmación médica categórica es imposible. No se le practicó autopsia. Paso entonces a las más grandes leyendas que se puedan escribir. Cuenta una de ellas que vendió su alma al diablo en un cruce de autopista, en la 61 con la 49 en Misissipi, a cambio de interpretar el Blues como nadie en el mundo. Nosotros somos más dados a creer que lo que representó en el mundo del Rock y del Blues fue más bien fruto de interminables horas de estudio unidas a una técnica que rozaba la perfección y una voz más cerca de lo fantasmal que de lo real que de ventas al pormenor del alma a Belcebú. La coincidencia en la edad de su muerte con el resto del club quizá se averigüen algún día. Lo más triste de todo es que se fue aquel día un grande que nos hubiese dado cantidades ingentes de notas, de sones, de riffs y de canciones con olor a misterio, y que quizá nos hubiese podido contar por qué mueren tantos genios dejando un hueco de incertidumbre y de vacío musical en el que guardar tantos "podía haber sido" que aún lo estamos tapando".