miércoles, 12 de febrero de 2014

La plenitud de llamarse Blues.


Cumplir años no es un trauma, ni siquera cuando se cumplen más de treinta y cinco, ni más de cuarenta o cincuenta. Comenzaría a serlo el día en que uno se diese cuenta de que sus oídos no han atrapado ni la mitad de los sonidos que ofrece la vida, el ruido de los maestros. En eso quiero yo que se convierta lo que escribo esta noche, en el ruido de quienes paso a paso, con el transcurrir de la vida, sin prisa, con la pausa necesaria para disponer a su público a disfrutar y a fluir de una forma todalmente diferente a cualquier otra concebida. No mejor ni peor, sino diferente, sosegada, y contundente a su vez. Blues. De Blues quiero hablar durante un momento. De melancolía, de tristeza. Del son de los doce compases, de un son afroamericano, trascendental, de una música espiritual. De canciones de oración por el trabajo, de gritos. Algo que es fácilmente identificable por los vibratos y slides de guitarra.

Decían los esclavos en la época de la esclavitud: "Beaten, black and blues", "Golpeados, negros y con moratones"o los "Blue Devils", los demonios azules que perseguían o vivían en las almas de los tristes, el grito de la llamada y la respuesta. Y cantaban una forma de blues anterior al blues. Gritos de campo que se terminan convirtiendo en canciones de una sola voz transformadas en una armonía perfecta entre voz y guitarra. 
Convenimos que las primeras manifestaciones a las que les podemos llamar blues provienen de cantos únicos y personales que hablan de penas personales, de la más cruda y cercana realidad, de amores perdidos, de la crueldad del opresor. Letras como "Down in the Alley" de Menphis Minnie, dedicada a una prostituta, por ejemplo. Pero conforme los años y el tiempo corre, hay quien repara que el bues en alguna de sus ofertas contiene también elementos humorísticos, y, cosa extraña aún para hoy, connotaciones sexuales, pero sin embargo para los extremadamente puretas del estilo, el sentido espiritual del blues presente entonces y presente ahora, será enterno así como cualquier nota musical. Sonidos de preguerra, de guerra y de posguerra. Sonidos diferenciados solo en lo más o menos contundente de su expresión crítica. Pero a finales del siglo XIX y principios del XX, el blues ya se llamaba por fin blues, y bien sea de trascendencia más o menos africana, más o menos cercana al gospel, más o menos bien o mal interpretada, como decía Levina, "plsicológicamente, socialmente y económicamente, los negros fueron disgregados encuanto a cultura de tal forma que hubiese sido imposible durante la esclavitud que su música secular reflejara el hecho de sus vidad igual que un día lo hizo su música religiosa". 
Sin contratiempos hasta que llegan los grandes a los que nuestros oídos,y digo sin equivocarme, más o menos acostumbrados a la música, conocen y ya nunca olvidan a BB. King, Reverend Gary Davids, John Lenoir, y estos dan paso a base de evoluciónm, no solo puramente social, sino, arrastrada por esta, a un cambio que no renuncia a otra forma sin perder el sentido literal, que se va llamando Rock and Roll. Otra serie de criaturas entre los que podemos citar a los Rolling Stonbes, John Mayall, Eric Clapton y compañía acercan al continente europeo esto que es puramente norteño y de los Estados Unidos, y recuperan y modernizan notas y compases que nos persiguen hasta la saciedad, hasta nuestros días. 
No se pueden quedar madres de corderos por citar, pero con un par de ejemplos para cerrar el siglo veinte y caminar hacia nuestros días, estimamos que será suficiente para abrir ganas hablar de Budy Guy, Bobbie Rush, Peggy Scott Adams, y una friolera de compromisarios del arte que nos abren la puerta hasta hoy en este mundo que nunca dejará de sorprender. Eso sí, solo a quien se deje hacerlo.
Recomendación personal es no cerrar nunca los oídos a lo que el viento nos ofrece, al igual que al andar no se cierran los ojos. Y hasta hoy, un día, una hoche en la que no sabemos bien por qué nos hemos acordado de que existe el blues, de que ocupa un lugar privilegiado entre nosotros y de que quizá debamos dedicarle aún más tiempo, porque está vivo, está coleando y con las mismas ganas de decir verdades que cuando se donfundían los ruidos de las cañas del cereal al ser cortadas con los lamentos que pudieron dar lugar a esto que hoy con la boca llena de plenitud llamamos blues.