jueves, 23 de enero de 2014

Platero es pequeño. La parte infantil del rock.

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas.....Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal.....
Qué lujo poder tocar el papel de Platero y Yo,
prosa andaluza de principios del pasado siglo XX. Pero descubrir las similitudes que guarda con la música

es, por describirlo de una forma ya usada, genial, sorprendente, bestial,... Todos tenemos, o deberíamos guardar la que tuvimos, esa parte de niño latente que brota cuando menos te lo esperas. En una ocasión me sorprendí, hace ya mucho tiempo intentando arrebatarle de las manos a un chico que ni siquiera conocía un disco de REM (Automatic For The People). Era el último que quedaba en la tienda y ya se olía el tufo de que se aproximaba el fin del vinilo. Este es un flash personal, pero por lo que conozco del otro mundo, ese que rodea a los músicos de verdad, os puedo aseverar que algo parecido invade el espíritu del artista.

¡Voto a Brios! No consideréis, admirados lectores, esta última afirmación como algo lanzado desde la negatividad. Pretendo regalaros mi símil personal en otro contexto. Conozco ya los suficientes maestros y no tanto del rock, del punk y del metal en todas sus expresiones como para poder decir que niños es poco, que el afán de mejorar no solo se basa en la revisión de vídeos o la escucha de temas internacionalmente aplaudidos, que cada vez echan más mano unos de otros, que aún sin pretenderlo son como niños que admiran, y lo que admiran lo hacen suyo, al vecino, al hermano. Eso es lo que dota de personalidad a una comunidad. Eso es, por ejemplo, lo que hace que todos hablemos del rock murciano, del rock andaluz, o de cualquier otro localismo como un todo, como algo que identifica cada región, cada lugar, con una comunidad de cooperantes llamados en este caso músicos. Cada uno, cada dos o cada tres forjan su estilo personal, pero detrás de cada uno, cada dos o cada tres hay unas gotitas de comunidad, unas gotitas de hermandad. Grandes dosis de no perder jamás el timón de seguir siendo un niño.