Platero es pequeño, peludo, suave; tan
blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva
huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos
escarabajos de cristal negro.
Lo dejo suelto, y se va al prado, y
acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las
florecillas rosas, celestes y gualdas.....Lo llamo dulcemente:
“¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece
que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal.....
Qué lujo poder tocar el papel de
Platero y Yo,
prosa andaluza de principios del pasado siglo XX. Pero descubrir las similitudes que guarda con la música
prosa andaluza de principios del pasado siglo XX. Pero descubrir las similitudes que guarda con la música
es, por
describirlo de una forma ya usada, genial, sorprendente, bestial,...
Todos tenemos, o deberíamos guardar la que tuvimos, esa parte de
niño latente que brota cuando menos te lo esperas. En una ocasión
me sorprendí, hace ya mucho tiempo intentando arrebatarle de las
manos a un chico que ni siquiera conocía un disco de REM (Automatic
For The People). Era el último que quedaba en la tienda y ya se olía
el tufo de que se aproximaba el fin del vinilo. Este es un flash
personal, pero por lo que conozco del otro mundo, ese que rodea a los
músicos de verdad, os puedo aseverar que algo parecido invade el
espíritu del artista.
¡Voto a Brios! No consideréis,
admirados lectores, esta última afirmación como algo lanzado desde
la negatividad. Pretendo regalaros mi símil personal en otro
contexto. Conozco ya los suficientes maestros y no tanto del rock,
del punk y del metal en todas sus expresiones como para poder decir
que niños es poco, que el afán de mejorar no solo se basa en la
revisión de vídeos o la escucha de temas internacionalmente
aplaudidos, que cada vez echan más mano unos de otros, que aún sin
pretenderlo son como niños que admiran, y lo que admiran lo hacen
suyo, al vecino, al hermano. Eso es lo que dota de personalidad a una
comunidad. Eso es, por ejemplo, lo que hace que todos hablemos del
rock murciano, del rock andaluz, o de cualquier otro localismo como
un todo, como algo que identifica cada región, cada lugar, con una
comunidad de cooperantes llamados en este caso músicos. Cada uno,
cada dos o cada tres forjan su estilo personal, pero detrás de cada
uno, cada dos o cada tres hay unas gotitas de comunidad, unas gotitas
de hermandad. Grandes dosis de no perder jamás el timón de seguir
siendo un niño.
